lunes, octubre 01, 2007

THEODORE AUSTIN-SPARKS

Pocas vidas cristianas han sido más fructíferas que la de Theodore Austin-Sparks. Y esto, no porque fuera una clase especial de cristiano, especialmente dotado personal o humanamente, sino por su pasión –tal vez, obsesión– por Cristo, de quien fue un fiel heraldo y testigo por más de sesenta años.

Pregonero de Cristo

Al leer los escritos de T.Austin-Sparks, hay una cosa que se hace clara, y es la poca atención que se da a sí mismo o a su vida. En lugar de esto, toda la atención es dada a Cristo. Nuestra atención es desviada continuamente del mensajero hacia Él, que es el Mensaje. No obstante, para aquellos a quienes les interesa la vida del mensajero y el trabajo de Dios en él, he aquí un breve resumen.
Theodore Austin-Sparks nació en Londres en 1889, y fue educado en Escocia. Su madre amaba al Señor, y dio a su hijo un gran ejemplo de piedad.
Su vida cristiana comenzó en 1906, cuando él tenía 17 años. Caminaba abatido por una calle de Glasgow un domingo por la tarde, cuando se detuvo a escuchar a algunos jóvenes cristianos que testificaban al aire libre. Aquella noche él confió su vida al Salvador, y el domingo siguiente se encontró él mismo dando unas palabras de testimonio con los jóvenes en esa reunión al aire libre. Fue el comienzo de una vida de predicación del Evangelio que duró sesenta y cinco años.
En ese tiempo, el pueblo evangélico estaba todavía bajo la fuerte influencia del avivamiento que hubo en Gales en 1904-1905, que ahora se manifestaba en una búsqueda de una experiencia más profunda con el Señor Jesucristo. Fue en este contexto espiritual que el joven T. Austin-Sparks dio sus primeros pasos como cristiano. Él siempre leía mucho, en su deseo de tener algún entendimiento espiritual, y por sobre todo, estudiaba su Biblia, siempre buscando ardientemente los tesoros nuevos y viejos que en ella pueden ser hallados.
En aquellos días, uno de los mayores predicadores de Inglaterra, G. Campbell Morgan, deseando ayudar a un grupo de jóvenes en el estudio de la Palabra, comenzó a tener reuniones con ellos todos los viernes. Por 52 semanas, Campbell Morgan se reunió con ellos y los preparó para el servicio cristiano. Entre sus alumnos más aventajados estaba T. Austin-Sparks. Por esa razón, él pasó a ser muy requerido como expositor en conferencias. Su enseñanza bíblica era bien original en la época, especialmente en relación a los esbozos de los libros de la Biblia, o a los esbozos de la Biblia como un todo.

El cielo abierto

Entre 1912 y 1926 fue pastor de tres iglesias evangélicas en Londres. Por largo tiempo, buscó la comunión con otros pastores, como George Patterson y George Taylor, con quienes oraba todos los martes al mediodía. Cierta vez, mientras ministraba en una iglesia bautista, él vio venir una tremenda transformación sobre toda la congregación. Uno tras otro, los conocidos fueron siendo salvados. Pero Austin-Sparks, pese a ser un joven bastante conocido y tener mucho futuro, sentía una tremenda pobreza en su vida. Él sentía que estaba predicando cosas que, en realidad, no eran su experiencia. Él no tenía dudas de que había nacido de nuevo, de que Dios lo había salvado, de que había sido justificado, de que el Espíritu Santo era realmente el Espíritu de Dios, de que Cristo era el Ungido, pero él sentía que estaba predicando cosas que él mismo no experimentaba. Sentía que profetizaba mucho pero que poseía muy poco. Por naturaleza, él era alguien que se entregaba completamente a lo que creía, nunca se contentaba con una posición intermedia. Gradualmente una tremenda tensión comenzó a crecer dentro de él. Comenzó a sentirse un fracaso.
Entonces, cierto día, él le dijo a su esposa: “Voy a mi estudio. No quiero que nadie me interrumpa. No importa lo que suceda, yo no saldré del cuarto hasta que tenga decidido qué camino voy a tomar”. Él sentía inmensamente la necesidad de que el Señor lo encontrase de una forma nueva, o no podría continuar su ministerio. Había llegado al final de sí mismo. Encerrado en aquel cuarto pasó la mayor parte del día, quieto delante del Señor.
En un momento, comenzó a leer la epístola a los Romanos, pero nada sucedía. Él la conocía muy bien, pues la había enseñado muchas veces. Nada de nuevo le mostraba ahora, hasta que llegó al capítulo 6. Él mismo diría después: “Fue como si el cielo se hubiese abierto, y la luz brilló en mi corazón”. Por primera vez él comprendió que había sido crucificado con Cristo y que el Espíritu Santo estaba en él y sobre él para reproducir la naturaleza de Cristo. Eso revolucionó completamente su vida. Cuando salió de aquel cuarto, él era un hombre transformado. Ahora realmente comenzó a predicar a Cristo, a magnificar al Señor Jesús.
Luego comenzó a enseñar lo que llamaba “el camino de la cruz”, dando gran énfasis a la necesidad de la operación subjetiva de la cruz en la vida del creyente. Él predicaba un evangelio de una plena salvación a través de la sola fe en el sacrificio de Cristo, y enfatizaba que el hombre que conoce la purificación por la sangre de Jesús debe también permitir que la misma cruz opere en las profundidades de su alma para libertarlo de sí mismo, y llevarlo a un caminar más espiritual con Dios. Él mismo había pasado por una crisis y aceptó el veredicto de la cruz sobre su vieja naturaleza, percibiendo que esa crisis fue el comienzo para disfrutar completamente la nueva vida de Cristo, experiencia tan grandiosa, que él la describía como un “cielo abierto”.

Rechazamiento

Sparks recibió gran ayuda espiritual de la Sra. Jessie Penn-Lewis, a quien el Señor le diera un claro entendimiento sobre la necesidad de la operación interior de la cruz en la vida del creyente. Gracias a ella, Sparks se libró también de un prejuicio anterior que tenía contra cualquier cosa que estuviera relacionada con una “vida más profunda”. Sparks se tornó un predicador y maestro muy querido y popular en medio del llamado “movimiento Vencedor”.
Sparks veía que no hay otro camino para experimentar plenamente la voluntad de Dios, a no ser a través de la unión con Cristo en Su muerte. Siempre volviendo a la enseñanza de Romanos 6, era convencido de que tal unión es el medio seguro para conocer el poder de la resurrección de Cristo.
Sin embargo, la experiencia que Sparks tenía, en vez de abrirle las puertas para todos los púlpitos, le cerró la mayoría de ellas. Los líderes le temían, pues hallaban que algo extraño le había sucedido, algo peligroso, algo errado. Y así comenzaron a oponérsele.
Hubo un momento en que él se quedó en la calle, sin casa donde morar con su esposa e hijos. Pero el Señor luego le proveyó una morada en la calle Honor Oak. Una señora que servía al Señor como misionera en la India y había sido grandemente ayudada a través de su ministerio, oyó decir de una gran escuela en la calle Honor Oak que estaba a la venta. Entonces compró la propiedad y la dio a la iglesia. El local de esa escuela vino a ser un local de comunión cristiana, sede de la “Christian Fellowship Center” (Centro de Comunión Cristiana), y de las Conferencias “Honor Oak”. Allí se realizaban estas conferencias tres o cuatro veces al año, a las cuales venían personas de todas partes.

“Honor Oak”

Desde allí, y por un período de cuarenta y cinco años, Austin-Sparks ejerció una amplia y profunda influencia entre los cristianos de todas las confesiones y de diversos países. Muchos llegaban a la calle “Honor Oak” para escucharlo, y para invitarlo, a su vez, a dictar conferencias en muchos lugares.
Austin-Sparks se mantuvo en estrecho contacto con otros obreros cristianos como Bakht Singh, de la India y Watchman Nee, de China. Con este último tuvo una verdadera amistad, que se vio reforzada durante el año de estadía de éste en Londres, en 1938. Algún tiempo antes, Nee había leído algunos escritos suyos y había sido grandemente ayudado por ellos. Algunos creen que Nee consideraba a Sparks como su mentor espiritual. Sparks, a la sazón de 49 años, se sentía muy a gusto con ese joven creyente chino –de sólo 35– tan aventajado en el conocimiento de las Escrituras.
Poco después, sin embargo, comenzó la 2ª Guerra Mundial y aquellas conferencias cesaron, pues el mundo todo estaba en turbulencia. Aun así, al terminar la Guerra hubo un período maravilloso en la historia de aquella obra y ministerio. De 1946 hasta 1950 hubo conferencias llenas de la presencia del Señor.

Sufrimientos

Por diversas razones, muchos sufrimientos vinieron a la vida de T. Austin-Sparks. A pesar de aparentar estar muy bien, el hermano Sparks sufría mucho por causa de su precaria condición de salud, con dolorosas úlceras gástricas, causadas tal vez por el hecho de ser tan reservado e introvertido. Frecuentemente él se postraba por el dolor y quedaba incapacitado de continuar la obra. Con todo, una y otra vez él se levantaba, algunas veces muy debilitado por la enfermedad, y el Señor lo usaba poderosamente. Algunas de las mejores conferencias fueron exactamente en épocas en que él pasaba por muchos dolores. Por eso, generalmente él hablaba sentado. El medio que Dios usó para darle alivio fue a través de una cirugía en el estómago, lo que le trajo gran mejoría física, y más de veinte años de una vida activa por el Señor en muchos lugares.
Por varias razones, muchos otros sufrimientos vinieron a su vida. Él creía que, si por un lado la cruz envuelve sufrimiento, por otro lado, ella es también el secreto de la gracia abundante. Por ella el creyente es llevado a un disfrute más amplio de la vida de resurrección, y también a una verdadera integración en la comunión de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo. Él reconocía la gran ayuda que significaba para él la oración de los hermanos, y ellos, a su vez, reconocían el impacto espiritual que tales sufrimientos producían en ellos.
La oposición que enfrentaba Sparks era increíble. Libros y panfletos se escribían contra él; predicadores predicaban contra él, lo que le daba fama de ser un falso maestro, lleno de ardides. Este aislamiento total en que lo colocaban era, de todas maneras, la prueba más dura que él soportaba. Todos los años él asistía a la Convención de Keswick. Allí, tras la plataforma estaba escrito: “Todos somos uno en Cristo”; sin embargo, solía ser ignorado por aquellos que alguna vez habían servido a su lado. No le dirigían ni una sola palabra, y le volvían la espalda. Eso era para él mucho más difícil de ser soportado que todos los otros problemas.
Algunas dificultades con el local de comunión “Honor Oak” hicieron que las conferencias allí cesaran. Él mismo, no obstante, continuó con los hermanos, guardando intactos los lazos de la comunión, mostrando un interés lleno de amor para con la nueva generación, siempre compartiendo con ellos sobre adoración y oración. De hecho, la oración caracterizaba su vida aún más que la predicación.

Sin ‘copyright’

Uno de los principales instrumentos de su ministerio, fue la revista bimestral “A Witness and A Testimony” (Un testigo y un testimonio) –“este pequeño periódico” como le llamaba él –, en que publicó muchas de sus enseñanzas, junto con las de otros obreros, como los ya citados, y F.B. Meyer, A.W. Tozer, Andrew Murray, De Vern Fromke, Jessie Penn-Lewis, G.H. Lang y Stephen Kaung, para citar los más conocidos. Muchos de los artículos de esta revista jamás se han vuelto a publicar. El clamor que presentan sus mensajes una y otra vez es que los creyentes crezcan en el conocimiento pleno de Cristo, conocerlo a Él como el único, el todo en todo, la Cabeza de todo. Desde el principio de la publicación de “A Witness and A Testimony” él rechazó adscribirse a algún movimiento, organización o misión, o a un cuerpo aislado de cristianos, porque consideraba que su ministerio estaba dirigido a “todos los santos”. Él nunca pudo pensar en cristianos aislados, ni en asambleas de grupos aislados, sino que intentó mantener siempre ante él el propósito divino de la redención, que es la incorporación de todos los creyentes como miembros vivos de un cuerpo.
T. Austin-Sparks escribió alrededor de un centenar de libros, y compartió muchos mensajes que aún se hallan grabados en cintas, pero, por deseo expreso suyo, nada de ese material tiene ‘copyright’ o derechos de autor, porque consideraba que lo que le había sido dado por el Espíritu de Dios debía ser compartido libremente con todo el Cuerpo de Cristo.

Algunos énfasis de su ministerio

Sparks siempre utilizaba algunas frases que, en la época, prácticamente no eran oídas en otro lugar. Una de ellas era que “la iglesia es el cuerpo de Cristo”, otra era que “precisamos tener una vida de cuerpo”, que “los miembros de Cristo son miembros los unos de los otros”. Cierta vez él dijo: “Podemos tomar la iglesia, que es el Cuerpo de nuestro Señor Jesús, unida a la Cabeza que está a la diestra de Dios, y reducirla a algo terreno, hacer de ella una organización humana”. Todas estas frases eran consideradas muy extrañas. En el mundo cristiano de entonces se hablaba sobre conversión, sobre estudio bíblico, sobre oración, sobre testimonio, sobre misiones, sobre vida victoriosa, pero nada se oía sobre la Iglesia, sobre el Cuerpo de Cristo, sobre el ser miembros los unos de los otros. Él era una voz profética solitaria. Por eso fue aislado, rechazado y calumniado.
Uno de los énfasis de su ministerio fue “la universalidad y la centralidad de la cruz”. Para él, todo comenzaba con la cruz, venía a través de la cruz, y nada era seguro aparte de la cruz. Él acostumbraba decir que ningún hijo de Dios está seguro, hasta que le entregue su vida a Él. Que ningún hijo de Dios realmente le sirve, hasta que le entregue su vida a Él. Ninguna comunión entre el pueblo de Dios es segura, hasta que ellos hayan entregado sus vidas a Él. Todo vuelto hacia el altar.
Otro énfasis era “la preeminencia del Señor Jesús”. Para él el Señor Jesús era el inicio y el fin de todo. El Alfa y la Omega, el Primero y el Último. Él veía que todo está en Cristo, toda la nueva creación, el nuevo hombre, todo. Tal vez uno de sus primeros libros – “La centralidad y supremacía del Señor Jesucristo” – sea lo que mejor caracterice toda su vida y ministerio. “¿Dónde está el Señor?” – decía siempre. “¿Dónde está el Señor en la vida de esa persona?”, “¿dónde está el Señor en el servicio de esa persona?”, “¿dónde está el Señor en el ministerio de esa persona?”. Él acostumbraba decir: “Si nosotros quisiéramos que venga luz del trono de Dios, sólo hay que hacer una cosa: Darle al Señor Jesús el lugar que el Padre le dio. Esa es la forma de ser preservados de errores, de compromisos, de desvíos, y de ser librados de comenzar en el Espíritu y terminar en la carne.”
Austin-Sparks veía la iglesia como “la casa espiritual de Dios”, como la novia de Cristo, como el Cuerpo del Señor Jesús. Su entendimiento sobre la iglesia era muy claro. Él creía en la casa espiritual de Dios de la cual somos piedras vivas, edificados juntos, y que debemos crecer como templo dedicado al Señor, para habitación de Dios en el Espíritu. “Esto – decía – es el corazón de la historia, el corazón de la redención.” Él también acostumbraba decir: “Hay algo mayor que la salvación”, por lo cual muchos se airaban contra él, y decían que hablar de ese modo no era bíblico. Pero Sparks siempre respondía: “La salvación no es el fin, sino el medio para el fin. El fin que el Señor tiene es su habitación, es su casa espiritual, su habitación en el Espíritu, y la salvación es el medio para colocarnos en esa casa espiritual de Dios”.
Todavía otro énfasis de su ministerio era la “batalla por la vida”. Él acostumbraba decir que “si hay alguna vida espiritual en usted, todo el infierno se va a levantar para extinguirla. Si hay vida espiritual en su ministerio, todo el infierno se va a levantar para acabar con él. Si hay vida espiritual en la comunión de los cristianos, todo el infierno se va a levantar contra ella. Tenemos que aprender cómo pelear la buena batalla de la fe y echar mano de la vida eterna. Tenemos que aprender cómo mantenernos en vida.”
Una y otra vez él decía que todo lo que es relacionado con Dios es vida. Vida, más vida, vida abundante. No muerte, sino vida. Hasta la misma muerte de cruz es para traernos la vida, y cuanto más conocemos la muerte de Cristo, más debemos conocer la vida de Cristo. Por tanto, esa es una batalla por la vida.
Un último énfasis era la “intercesión”. Él acostumbraba decir que “el llamamiento real de la iglesia es para interceder. Intercesión es mucho más que oración. Cualquiera puede orar, pero usted necesita tener una madurez mínima para poder ver, para poder pasar por dolores de parto, para que haya nacimiento. Intercesión no requiere sus labios, sino requiere todo su ser. No requiere diez minutos de su día, ni una hora, sino requiere de usted veinticuatro horas cada día. Es la oración incesante.” Su vida fue una constante batalla de oración, en que cogía literalmente a los enemigos invisibles de la voluntad de Dios para traerlos cautivos, oración que alternaba con aquella clase especial de oración en que se ofrece a Dios la alabanza y la adoración debida a su Nombre.

Magnificaba al Señor

Austin-Sparks fue un gran hombre, y los grandes hombres también tienen fallas. Él poseía debilidades, mas la impresión que quedaba en quienes le conocían no eran esas debilidades, sino el hecho de que él siempre magnificaba al Señor Jesús, no sólo con sus palabras, sino con su vida. Su propia presencia traía algo del Señor Jesús. Siempre que él llegaba o hablaba, se recibía la convicción de cuán grandioso es el Señor Jesús. Él siempre magnificaba al Señor Jesús. Eso fue algo que el Señor hizo en él de tal forma que su presencia y su ministerio glorificaban al Señor.
Otra impresión que él dejó fue de alguien que siempre estaba prosiguiendo. Nunca parecía que él estaba estacionado sino siempre prosiguiendo. Eso era sentido por su presencia y por su ministerio. Él acostumbraba decir: “¡No paremos! ¡Vamos adelante, prosigamos! El Señor todavía tiene más luz y más verdad para hacer brotar de Su Palabra. Prosiga, prosiga a todo aquello para lo que el Señor le conquistó”.
Otra impresión que él dejó es de que él siempre parecía ministrar bajo la unción. Ese era un secreto que este hermano poseía. Él sabía cómo permanecer bajo la unción, para no dar comida muerta, para no dar lo que él pensaba, sino para dar siempre aquello que Dios le había dado. Aun otra impresión que quedó de su vida es una gran determinación en cumplir aquello que Dios le había dado para hacer. En muchas situaciones que acontecían para hacerlo desanimar y detenerse, él sentía que no podía dejar a Satanás vencer – era una batalla por la vida.
Al final de su vida, T. Austin-Sparks estaba solo. Había muy pocas personas con él. Campbell Morgan, Jessie Penn-Lewis, F.B. Meyer y A.B. Simpson tuvieron gran influencia en su vida. Muchas veces y de muchas formas F.B. Meyer trajo a Sparks a una relación más profunda con el Señor. Meyer acostumbraba a decir que Sparks era una voz solitaria profética en un desierto espiritual, llamando al pueblo de Dios de vuelta a la realidad, a lo que es genuino, al propio Señor Jesús.
En abril de 1971, el hermano Sparks partió a descansar, a la espera de la resurrección.

La medida de un ministerio

Si la medida del ministerio de un hombre se mide en relación a cuánto él exaltó a Cristo, entonces Austin-Sparks no admite comparación. Ciertamente, sus escritos hablan poco del Cristo de Galilea, pero él ha mostrado hermosamente al Señor resucitado y entronizado. Incluso más, al mostrar al insuperable Cristo dentro de nosotros. La línea de oro que une todos sus escritos es la exaltación de su Señor. Alguien ha dado el siguiente testimonio: “Él nos ha dado más visión espiritual de Cristo que quizá cualquier otro hombre en los últimos 1700 años”.
Después de la muerte de Austin-Sparks en 1971, un hermano escribió: “Quizá uno de sus primeros libros puede darnos un mejor indicio de su vida entera y de su ministerio: “La centralidad y supremacía del Señor Jesucristo”. Aquí fue donde empezó y fue aquí donde él terminó, porque fue notorio en sus últimos años que él perdió el interés en todas las cosas y concentró su atención en la persona de Cristo. Este era el objetivo de su vida y de todas sus predicaciones y enseñanzas”.
En su servicio fúnebre hubo centenares que dijeron sinceramente que el hermano Sparks les había ayudado a conocer a Cristo de una manera más plena y satisfactoria. Si alguien puede hacer que los hombres comprendan algo más del valor y maravilla de Cristo para que le amen más y le sirvan mejor, entonces el tal no habrá vivido en vano.


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